12/09/2021

UNIDAD DE LA IZQUIERDA

 



La unidad de la izquierda, asignatura pendiente



Ramón Utrera

La historia de las alianzas o de las confluencias de la izquierda es tan vieja como la misma izquierda. Casi no ha habido periodo ni lugar en Occidente en el que no se estuviera produciendo algún proceso al respecto. La izquierda suele estar siempre embarcada en algún proceso de unificación de fuerzas, pero casi siempre con un reto electoral inminente en el horizonte. Curiosamente la derecha no es tan partidaria de procesos similares, y cuando los hace suele ser menos ambiciosa y mucho menos expresiva; pero el hecho real es que, salvo contadas excepciones, como la actual en España, su “oferta” electoral suele ser mucho más reducida en cuanto al número de opciones. Sea de cara a un proceso electoral o de cara a algún problema, amenaza u oportunidad la derecha suele llegar a acuerdos más fácilmente y sobre todo más duraderos que la izquierda. Esta suele presentarse a las citas electorales en algún tipo de alianza o confluencia. Si el efecto final es positivo dura más, y si es negativo rápidamente empieza a resquebrajarse. Normalmente la aproximación suele ser sólo programática y a menudo sólo para listas electorales. Cuando los votos vuelven la espalda las diferencias ideológicas rebrotan con fuerza, y sobre todo se evidencia que el proceso unitario estaba en realidad cogido con alfileres y con demasiadas prisas. Por no hablar por supuesto del rosario habitual de grupúsculos, sin ánimo de menosprecio, pero todos con denominaciones altisonantes y ambiciosas, que suelen pulular en la vida política española.


La historia de la izquierda tiene tantas páginas de unificaciones, alianzas y confluencias como de divisiones, escisiones, expulsiones, rupturas y marginaciones, y a veces hasta de auténticas guerras fraternales. El enconamiento de las luchas internas no tiene nada que envidiar en su dureza al del afrontado con los enemigos políticos naturales. La experiencia de la URSS es sin duda el mejor exponente histórico. ¿Todos los casos son explicables en términos de herejías ideológicas? ¿Las diferencias son tales que justifican el grado de animadversión y hasta de violencia que se suele o se ha solido producir? ¿Por qué esa inquina hacia el que hasta hace poco era un compañero de filas o hacia quien en principio persigue un objetivo similar al nuestro? ¿Siempre se trata de traidores o corrompidos? Este fracaso histórico anida en muchas contradicciones.

La primera contradicción que podría saltar a la vista sería la de la incoherencia entre el mensaje de dialogo y democracia interna y el resultado patético para el objeto de los debates. No basta con respetar la integridad física del discrepante, ni con admitir su presencia o su turno de palabra; habría que escucharle, que estudiar su análisis o su propuesta, y en algunos casos hasta admitir parte de su aportación o toda. Por el contrario, lo habitual suele ser que si se le llega a permitir que la exponga -a veces gracias a cuotas de participación que sirven más bien para glorificar la imagen abierta de la mayoría, del establishment o del poder del aparato- no se la escucha, o no se la debate, o no se la acepta; sobre todo por razones subjetivas respecto al proponente. La ortodoxia de las ideas y la limpieza de sangre ideológica surge como un filtro intraspasable; pero que tiene poco que ver con los valores de ética política que debería proponer una fuerza política revolucionaria. ¿Tal vez los valores que nos gustaría que se asumieran en la convivencia política de nuestra sociedad no deberían imperar en la convivencia política de nuestras organizaciones? Por supuesto de una manera profunda y no formal; es decir, que deberían anidar en nuestras conciencias individuales y colectivas. ¿Qué hay en nuestros principios, nuestros métodos, nuestros análisis, o nuestras propuestas que no pueda y no deba ser objeto de debate, de análisis y de cambio? ¿Cuál ha de ser la esencia última de nuestra identidad ideológica? ¿Y que pasó del valor de la tolerancia que tantas veces echamos en falta en la dictadura y después en la derecha?

La segunda contradicción es la de la pluralidad. Primero porque es un valor que se defiende para la sociedad a la que se aspira en todos los textos y eventos, y por tanto es lógico que funcione previamente también en los instrumentos para lograrla. Y segundo porque la propia idea de buscar coaliciones, alianzas o confluencias implica lógicamente la convivencia de diferentes perspectivas, y cuanto más grande y amplia sean más aún. ¿O es que se trata sólo de un proceso que en el fondo entraña una conversión a medio plazo? Los dogmas, los símbolos, las vacas sagradas, las ideas y personas no cuestionables, si son demasiadas, muy frecuentes o/y muy rígidas acabarán produciendo fricciones. Una cierta flexibilidad y sobre todo unas líneas rojas muy meditadas han de ser ineludibles si se quiere que el proceso unitario sea amplio. La diversidad o se la admite con todas sus consecuencias o no se la admite, pero aparentarla no funciona.

La tercera contradicción es que el mensaje de una fuerza progresista frente a una conservadora es el del cambio, el de una revolución que supere la ideología dominante; sin embargo, a menudo la actitud en las fuerzas responsables de este es que la propia filosofía no tiene cabida en ellas mismas; generalmente tanto el proyecto como el instrumento no son cuestionables o son poco cuestionables. Es decir, antes de alcanzar sus objetivos la propia izquierda, ya evidencia algunos tics inmovilistas. Y por otro lado, ¿no sería lógico que una fuerza progresista planteara un modelo de propensión continua al cambio? Eso no significa que haya que estar cambiando cosas por el hecho de cambiarlas o por presión electoral o inconscientemente, eso implica mostrar constantemente la capacidad de admitir la confrontación sincera de ideas sin pensar que por eso se pone en riesgo la alternativa que se defiende, y entender que incluso hasta la fortalece.

Es elocuente e irritante el contraste entre una derecha que no alardea, pero que muestra una cohesión envidiable en las citas electorales y en los momentos cruciales, y una izquierda inmersa permanentemente en procesos de unión y ruptura con nombres grandilocuentes y pretensiones maximalistas que suelen acabar en decepciones duras. Tal vez todos esos valores democráticos progresistas que reivindicamos como ideales y para la propia sociedad en que vivimos deberíamos empezar a practicarlos con más coherencia y convicción en nuestras organizaciones y espacios de convergencia, por nosotros mismos y por que esa sociedad que queremos ganarnos para nuestra causa nos está viendo.