9/25/2020

Proyecto constitucional: acerca de la "Res Publica"

Fco. Javier Casado Arboniés 

Un nuevo proyecto constitucional ha de tener en cuenta no sólo la República Federal y Solidaria, también un nuevo modelo de relación en Europa

Foto: CI

Para empezar estas reflexiones sobre la Res Publica desde nuestra nunca bien amada España quisiéramos, a pesar de estar en un azote pandémico, que no respeta fronteras ni identidades, aunque sí clases sociales, retomar el debate sobre la reforma constitucional y en especial en lo que respecta a la articulación territorial del Estado, tanto desde el punto de vista interno como en lo concerniente a la Unión Europea, de la que somos parte fundamental; si bien somos así mismo conscientes de que nos adentramos en difíciles terrenos y que poco importan a una mayoritaria parte de la ciudadanía, muy apegada al analfabetismo funcional sobre su propio papel político en esta nuestra patria, al menos en estos momentos.

Pero no deja de resultarnos extraño ese abandono del debate reformista de la Constitución, que sólo aparece como telón de fondo en asuntos como los escándalos de la familia Real o en el llamado proceso de Cataluña contra sí misma y contra todo, pues ni tan siquiera ha transcurrido un trienio desde el momento que ya había consenso, acuerdo, entre los partidos, nuevos y viejos, a diestra y a siniestra – aún sin unos ultramontanos facciosos como tercera fuerza en la cámara de los Diputados- , sobre la necesidad de una reforma constitucional de calado y hasta se creó para ello una subcomisión en el Congreso de la Carrera de San Jerónimo. 

Los grandes partidos anteriores a las últimas bis-Elecciones Generales españolas convenían en que era indispensable solucionar problemas constitucionales importantes, que iban desde la, entonces muy sangrante, organización territorial del Estado hasta la reforma a fondo de la Ley electoral e incluso a nuestra nueva condición como miembros de la Unión Europea y la moneda única o los derechos sociales básicos, por citar algunos. En cambio, parece que ahora solamente hay que hablar de la recuperación de la salud colectiva y sobre todo de la reactivación modernizadora de nuestra economía a lomos de Europa. 

¡Como si estos nuevos grandes temas no tuvieran nada que ver con esa reforma constitucional olvidada en el desván! Y encima la cosa ha derivado hacia un horizonte donde se habla de enfrentamiento entre constitucionalistas y anti-constitucionalistas, que es solemne bobada, y se proclama el republicanismo como arma arrojadiza, cuando es el alma de la libertad y la igualdad fraternal que se rige siempre por una Ley de leyes pactada como Constitución. Y por todo ello, habitamos hoy en la creencia de que nos falta mucha humildad y escasea el ansia de educación y aprendizaje cultural y solidario, que son las únicas líneas conducentes a la construcción de la Res Publica y de una verdadera patria internacionalista. 

No es menos cierto que esto no impide seguir haciendo propuestas sobre nuestra convivencia alrededor de la piel de toro y sus islas y plazas norteafricanas y sobre nuestro encaje futuro en una Unión Europea removida por el Brexit de Isabel II. Una Europa que, tras esa abrupta y eterna salida de la Gran Bretaña, ya trata de descansar otra vez sobre el eje Franco-Alemán, como diría Varoufakis. Teniendo presente que somos núcleo duro al ser miembros del club del Euro, aunque no hayamos recibido ni un solo euro amistoso en seis meses de pandemia – será tras el próximo verano de 2021, dentro de un año, como una vacuna-, aunque cabe agradecer que, eso sí, se nos haya permitido rebasar nuestro límite de endeudamiento público. ¡Impagable gesto! 

Una reconstrucción europea a la que, en nuestra opinión, no basta un solo eje, como en pasados tiempos, para vertebrarla. Una Unión Europea de veintisiete que convive con otra Europa que Rusia es, junto a otras naciones amigas, y con la Europa que los Británicos son, con sus extensiones a otros continentes. Y una Unión Europea que dista mucho aún de ser un espacio único, pues contiene dos velocidades dentro de la zona de moneda única, y múltiples velocidades si atendemos a los actuales veintisiete y a los varios países aspirantes a entrar en el censo imperial. Lo que sin duda nos lleva a ver como bastante inviable a medio plazo -ojalá sea otra opinión equivocada- un proyecto unionista sólido. 

Ello nos lleva otra vez a la vorágine del internacionalismo versus nacionalismo y nuestro planteamiento es simple: la batalla no está en luchar contra el separatismo radical interno, sino que consiste en buscar alianzas para un crecimiento fronterizo exterior. Como alternativa complementaria al euro y la Unión Europea, pues tampoco se otea desde mástil alguno, pese a la ingente bibliografía y propaganda al uso, que el concepto de patria europea ronde por nuestras cabezas, ni por las de las otras veintiséis naciones, y se esté formando una mentalidad histórica o un inconsciente colectivo de unión en Europa. 

La diversidad de intereses de todo tipo de la actual Unión Europea no la hacen viable, insistimos, y quizá debiera reagruparse en tres o más zonas, y buscar una vía de colaboración confederal entre ellas que mantengan las fortalezas por conquistar. Pero el problema no es la Unión como concepto a largo plazo, como en el caso de una Tercera República Española, sino que más bien radica en no saber encontrar un camino de entendimiento y un proyecto tan diverso como común en política, economía y organización social, como nos demuestra el intratable avance de los nacionalismos supremacistas, cuyo barro cierra otra vez la senda revolucionaria democrática, como en el pasado siglo. Como retornó la pandemia gripal de antaño con el virus coronado. 

No es menos obvio que existe una falta de entendimiento entre los pueblos y sus representantes públicos e institucionales, sean los tres poderes clásicos o sean los medios de comunicación sociales, ni desde luego con las oligarquías socioeconómicas regionales o nacionales dominantes en cada territorio. El problema con mayúscula no es sólo que abracemos la necesidad de una Unión Europea unida o una Europa unida, también como en el caso de la tercera República federal de España, con toda su riqueza común y con toda la riqueza local que acrecienta aquella, sino por la ausencia de verdaderos europeos, y de españoles, ejercientes como tales en la ciudadanía republicana colectiva. Un pueblo diverso pensante; fines comunes. 

Ya hemos apuntado cómo las causas de esta disfunción están a expensas de una revolución cultural, que toca a la mentalidad, al amor a la libertad y sobre todo a la educación, sin la que de nada sirven las revoluciones tecnológicas que vivimos desde hace no tanto tiempo. No somos colectivos implicados en la Europa universalis rei publicae, ni ha germinado la fuerza necesaria para emprender una verdadera casa común. A lo que se suma que contamos con unos partidos políticos basados más en la mercadotecnia de datos del nuevo milenio que en programas y conservadores en cuanto a su funcionamiento cupular y caciquil decimonónico. De los crecientes neofascismos mejor hablar poco y crear diques ante la desigualdad social. 

Parece que flotamos en una suerte de solipsismo, donde no importan las grandes obras humanas de convivencia en libertad e igualdad, más allá de los parcheos vistosos habituales, y nada interesa lo que supera el círculo de nuestro breve recorrido vital, personal y propio. Mientras que España, como la Unión Europea, no debe menguar ni dividirse como algunos quieren, si no que precisa crecer y fortalecerse ante los imperios que por el Mundo campan y que se hallan más cerca de la tiranía que de la democracia republicana. Y siga la Europa del Norte de la Unión Europea con su asentamiento en el Este y recupere la del Sur de la Unión Europea sus lazos de la mediterraneidad. Pero seamos todos juntos una ciudadanía luchando a largo plazo por una unión de repúblicas llamada Europa. 

En cuanto a la vieja España, Hispania, como siempre nos han denominado desde fuera, estamos convencidos que la solución al dilema centralismo o separatismo es la República federal y laica, en la que caben también las excepcionalidades, hoy bastante asentadas en Cataluña y en el País Vasco o en Navarra, que distan de ser las naciones independientes que no han sido nunca, pero que necesitan un mayor nivel competencial de autogobierno, sin olvidar el fin último de ampliar nuestras fronteras. Un proyecto que, para los seguidores de la mejor tradición republicana azañista, debe virar hacia la izquierda radical y el socialismo democrático, pero ese es otro asunto. 

Y en cuanto a la no menos vieja Europa, el proyecto republicano español, sin abandonar nuestra incardinación en la zona Euro y en la Unión Europea, debe perseguir, de manera simultánea o inmediata a su constitución y Constitución, un programa confederal con nuestros vecinos fronterizos, con la República de Portugal al Oeste y con la República de Francia al Noreste, con el objetivo puesto en crear una Euro-región franco-ibérica, y más adelante una Unión de Repúblicas en una sola nación. Un espacio que hoy cuenta con casi ciento treinta millones de habitantes, con una privilegiada situación entre el Mundo atlántico y el Mundo mediterráneo, lazos en toda América y África, y con un pasado y presente más comunes de lo que parece y además con un futuro de colaboración económica, política y social que se antoja muy prometedor. 

Dice el refranero que del dicho al hecho va un buen trecho, lo que es muy cierto, pero lo que parecen planteamientos simplistas o proyectos algo utópicos, muchas veces pueden ser fuente de movimientos y realidades tan complejos como cargados de progreso para el Pueblo. 

Salud y República 

Septiembre de 2020.