8/28/2020

Impulsar la izquierda transformadora

Eberhard Grosske

La irrupción de Podemos y su vinculación con IU en Unidas Podemos ha marcado estos años a parte de la izquierda que se denomina transformadora. Pero no se ha hecho un análisis de los crecientes pérdidas electorales y las sucesivas divisiones.

Pablo Iglesias, personaje de Falla en 2019. Foto: Cajón Izquierdo


1.- El agotamiento de Podemos y sus aliados

Analizar la situación de la izquierda transformadora en España pasa, necesariamente, por valorar la irrupción de Podemos y su confluencia posterior con otras fuerzas de izquierdas bajo el paraguas de Unidad Popular.

Podemos se constituyó en 2014 con la intención de ganar las elecciones aprovechando el descontento generado por la crisis económica, y pasando por encima de los partidos tradicionales (incluyendo una IU a la que Pablo Iglesias tildaba, por aquel entonces, de “Pitufos gruñones”).

La estrategia de Podemos para conseguir este objetivo se fundamentó en parámetros de corte típicamente populista: hiperliderazgo (personificado en la figura de Pablo Iglesias), novedad, desprecio hacia la “vieja política”, rechazo (¡atención!) del eje izquierda/derecha, capitalizar movimientos como el 15M y superar la crisis política y económica.

La Victoria de Syriza en 2015 dio alas a Podemos pero, por razones que sería muy largo reseñar, España no era Grecia, el PSOE no era el PASOC y Podemos no era Syriza, así que las elecciones de diciembre de 2015 (las primeras generales en las que Podemos se presentó) desmintieron sus pretensiones: el PP fue el partido más votado y el siguiente partido fue el PSOE.

Los proyectos populistas tienden a la huida hacia adelante

Es cierto que Podemos obtuvo un muy buen resultado en términos relativos y que, además, supo atraerse la mayoría del voto de una IU que, el año anterior, en las elecciones europeas, había obtenido un 10 % de votos. Pero esto no era lo sustancial. Lo sustancial, de cara al futuro, era que no hubo asalto a los cielos y que tampoco hubo “sorpasso” al PSOE.

Lo lógico hubiera sido que Iglesias pusiera en valor los votos obtenidos, que reconociera que no había podido alcanzar sus ambiciosos objetivos y que hubiera abierto un debate colectivo sobre lo que se debía corregir. Y también habría sido importante para la ciudadanía que, en este marco, Podemos hubiera contribuido a enviar a Mariano Rajoy a la oposición ya que el resultado de las urnas así lo permitía.

Lamentablemente -y esto es lo fundamental de cara a analizar el presente y el próximo futuro de la izquierda- los proyectos populistas tienden más a la huida hacia delante y a los movimientos tacticistas que al análisis de la realidad y a una correcta evaluación de la correlación de fuerzas.

Por eso no hubo debate interno en Podemos; por eso Iglesias desdijo en quince días su convicción (manifestada durante la campaña electoral, de 2015) de que nunca aspiraría a estar en un gobierno presidido por el PSOE; por eso apostó por unas nuevas elecciones en vez de centrarse en desalojar al PP del gobierno; por eso los “pitufos gruñones” pasaron a ser compañeros de coalición en las elecciones de junio de 2016 (coalición, por cierto, que perdió un millón de votos respecto a las elecciones de hacía siete meses); por eso UP se volvió temporalmente socialdemócrata (sic) como nueva manera de volver a sobrepasar al PSOE (sin éxito, una vez más) y, en el mismo año, aún tuvo tiempo para recuperar su estrategia inicial y, en un bochornoso discurso con motivo de la investidura de Rajoy (noviembre de 2016) volvió a dar por hecho que PP y PSOE eran dos caras de la misma de la misma moneda, que el régimen del 78 que ambos patrocinaban se encontraba en estado agónico y que Unidas Podemos era la herramienta que lo iba a derrotar.

De nuevo alimentar promesas vanas, de nuevo la ilusión para hoy y la frustración para mañana...

No creo necesario relatar los 3 años siguientes (ni siquiera de forma tan sucinta como hasta ahora) porque sería muy tedioso para el lector y, sobre todo, porque lo importante es constatar tres cosas:

1. Que el hiperliderazgo, el tacticismo y los vaivenes continuaron siendo la marca de fábrica de Podemos y sus aliados.

2. Que esta pseudo estrategia ha seguido provocando, hasta el día de hoy, una pérdida sistemática y constante de cuadros, de adheridos, de organizaciones coaligadas…y también de votos. Fue así en la relación con el PSOE; fue así en el tema de la cuestión territorial; fue así en las elecciones andaluzas y fue así en las elecciones europeas, municipales y generales de 2019.

3. Que la participación en un gobierno (sea cual sea) no garantiza nada por sí misma: es sólo un ámbito más de la acción política con sus riesgos y sus oportunidades y que, en modo alguno puede sirve para suplir una estrategia incorrecta. Por eso, seguramente, con UP en el gobierno, las elecciones vascas y gallegas, los disensos internos en ámbitos tan importantes como Andalucía y las encuestas más recientes siguen apuntando a una pérdida continuada de confianza en Unidas Podemos por parte de la ciudadanía

2.- ¿Es reversible la situación de Unidas Podemos?

En política es muy arriesgado hacer predicciones y, por otra parte, vaticinar la trayectoria de estrellas fugaces es siempre más difícil que seguir la de otros cuerpos estelares

Dicho esto, lo mejor y lo más útil sería que este cambio de rumbo lo llevara a cabo la propia UP en el marco de una reflexión interna. Sin embargo, y desgraciadamente, este proceso me parece improbable

No me parece fácil, en efecto, que el cambio de rumbo venga de la Asamblea de Podemos conocida como Vistalegre III, que se ha llevado a cabo en plena pandemia y que se se ha caracterizado por una participación bajísima (sólo el 11,5% de los adheridos de Podemos se tomaron la molestia de votar desde su casa con un mero clic en su ordenador) y en la que, por primera vez, se ha elegido una dirección monolítica en el máximo órgano de dirección

Tampoco me parece que el cambio de rumbo lo pueda pilotar un PCE que, en su último Congreso (hace menos de 3 años) recuperó conceptos como el marxismo-leninismo y el centralismo democrático (abandonados en los años 70 del pasado siglo); que abominó en dicho congreso de las políticas gubernamentales que ahora está apoyando y que se ha fijado como principal objetivo relevar a IU en la interlocución política con Podemos (cosa por cierto que ya está sucediendo de facto con la anuencia de Alberto Garzón)

Por último, y por razones obvias, también dudo que el cambio de rumbo lo pilote una Izquierda Unida que (después de la última asamblea) sustituyó la democracia participativa por un sistema de toma de decisiones parecido al de Podemos, que funciona desde arriba y que, de facto, ya ha escamoteado la soberanía de IU en beneficio del PCE

Lamento ser tan crudo en mis opiniones pero puedo asegurar que no obedecen a la animadversión sino a la preocupación.

Estamos en épocas de recesión de los valores de la izquierda en Europa y en el Mundo y lo que muchos denominamos izquierda transformadora necesita tener credibilidad, generar confianza y conectar eficazmente con los trabajadores y las clases populares.

Llega la batalla por reordenar la izquierda transformadora

Dicho de otra manera: la izquierda transformadora de este país necesita partidos solventes, serios creíbles y capaces de enfrentarse con éxito a las políticas de la derecha y la extrema derecha.

3.- Reordenar la izquierda transformadora

Si las alarmas a las que he hecho referencia se limitaran a constituir mecánicamente y por arriba una nueva fuerza política creo que nos estaríamos equivocando.

En cambio, sí que me parece esencial fomentar orgánicamente, opinar y debatir sobre una cultura de la izquierda transformadora realmente útil para promover los cambios necesarios e impulsar una nueva manera de hacer política

Algunas ideas para acabar:

a) La izquierda transformadora, no debe tener como función referenciarse en la socialdemocracia (o en cualquier otro partido) para poner en evidencia sus errores o insuficiencias. Esto, a fin de cuentas, no es más que un sistema de subordinación. La izquierda transformadora (como, en realidad, deberían hacer todos los partidos) debería referenciarse en la ciudadanía, en sus problemas, en sus anhelos y en sus necesidades. La proyección de la política como el ámbito en que los partidos pelean entre sí es deprimente y, a la postre, reaccionaria

b) Si queremos ser permeables con la sociedad, hemos de ser permeables con nosotros mismos. Es imprescindible contar con organizaciones políticas que sean transparentes y democráticas y que adopten procesos creíbles de debate colectivo y de democracia participativa. No se puede facilitar la implicación de la ciudadanía en el ámbito político si no hay mecanismos de participación real de la militancia. Los hiperliderazgos son reaccionarios y el recurso sistemático a referéndums que no sean la culminación de un proceso participativo previo no son democráticos.

c) Las soflamas populistas carentes de consistencia pueden ser útiles para arrancar más o menos votos pero los cambios reales son los que descansan sobre mayorías sociales. Dicho de otra manera: necesitamos una izquierda que analice correctamente la realidad, que mida con rigor la correlación de fuerzas y que transmita a la ciudadanía unas propuestas serias, factibles y coherentes.

d) Que la ciudadanía desconfíe de la política es una catástrofe. Es necesario primar el servicio a la ciudadanía que al propio partido. Necesitamos personas que digan lo que piensan y que piensen lo que dicen, que hagan de la acción política un ejercicio pedagógico, que inspiren confianza y que actúen con honestidad. La demagogia es reaccionaria y los juegos de poder pueden, con suerte pueden servir para acceder a ámbitos de poder, pero en ningún caso son útiles para el cambio social

PS: Cuanto antecede no es todo lo que hay que hacer, pero podría ser un buen principio